Una aproximación al sistema político peruano: a propósito de las elecciones generales
- Israel Lira

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Actualizado: hace 10 horas


El Perú, así como China, India y Egipto, es un país con una gran riqueza cultural y una tradición milenaria que se remonta a más de 5000 años de historia. Desde Caral, pasando por los Reinos preincas, el Tawantinsuyo y el Virreinato, hasta llegar a la actual República.
Durante todo ese tiempo, el Perú ha tenido diversas formas de gobierno y de Estado, como puede inferirse, lo cuál aun continúa influenciando nuestro modo de ver las cosas en materia política en cierta medida. Hemos pasado de sistema autocráticos y teocráticos andinos, para luego vivir bajo la monarquía hispánica, y finalmente desembocar en el sistema republicano de gobierno. Por ello, una expresión de este legado sociocultural de nuestros ancestros, reside en los elementos ontopolíticos que gozan de una ciclicidad histórica, base de lo que se podría llamar una política aeterna.
Las bases de esta política aeterna peruana, podríamos encontrarla en el concepto harto abordado por nosotros en otros espacios, de utopía andina o utopismo andino, que nos remite necesariamente a las investigaciones del historiador y sociólogo Alberto Flores Galindo (1949-1990). En términos sencillos, la utopía andina hace alusión a la necesidad de los pueblos andinos, sin perjuicio de los demás pueblos, como p.ej. el amazónico, que conforman nuestro Ser Nacional, de un liderazgo fuerte que recuerde al liderazgo incaico, y en donde el Imperio Quechua se configura en el arquetipo de sociedad política a reconstituir, con sus respectivas aclimataciones, en el tiempo presente. Y así, en la historia política peruana, se podría decir que la búsqueda de identidades políticas, es en sí misma, la búsqueda de un nuevo Inca para el Perú. Razón por la cual el presidencialismo carismático es el modo de gobierno más usual para encarnar estas aspiraciones en el Perú contemporáneo, algo que el Perú comparte con los sistemas políticos euroasiáticos, como la misma Federación Rusa.
A todo esto, la historia de las doctrinas políticas en el Perú también es amplia, lo cual daría para profundizaciones en otra oportunidad, ya que no hemos sido ajenos a las modas políticas de izquierdas, centros y derechas, importadas de Europa y que dejaron un influjo en las diversas clases sociales peruanas a las que se asociaron, pero que también sufrieron aclimataciones propias del espacio y el tiempo, otorgándoles así su contenido autóctono. Por ejemplo, en el caso del socialismo, fue el Aprismo con Haya de la Torre (1895-1979), y el Marxismo de Mariátegui (1894-1930), aclimataciones con contenido vernacular; situación similar aconteció con el Anarquismo de Manuel González Prada (1844-1918); en el caso del liberalismo, fue el fenómeno del Civilismo (1871-1930); y en el caso del fascismo, lo fue la experiencia del Urrismo (1931-1963). Otro actor político a considerar es la historia de los Militarismos en el Perú, que desde su fundación como República se divide en cuatro grandes Militarismos, en referencia a las etapas de nuestra historia republicana en donde juntas militares de gobierno dirigieron los destinos nacionales.
De estos cuatro militarismos, los más recordados son el tercer (1930-1939/1948-1956) y el cuarto militarismo (1968-1980). El tercero porque puso fin a la dictadura liberal de Leguía, y con ello la reivindicación de la población indígena a través de la abolición de leyes antipopulares, teniendo como jefe del levantamiento al Grl. Luis Miguel Sánchez Cerro (1889-1933); también por el auge de la infraestructura pública en beneficio de las masas durante el llamado Ochenio de Odría; y el cuarto, porque puso fin a los rezagos de la feudalidad en el sistema agrario peruano, caracterizado por un fuerte control político y económico de los terratenientes (gamonales), y por la explotación del campesinado. Esto a través de una Reforma Agraria que fue incluso más radical que la practicada en Cuba durante la Revolución cubana. Estas medidas en el Perú se aplicaron bajo el liderazgo del Grl. Juan Velasco Alvarado (1910-1977), jefe del Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas.
El legado de Mariátegui y de Haya de la Torre ha sido el más duradero en la historia política del Perú, pero así también del liberalismo, que en su vertiente autoritaria nos dio dos dictadores liberales, el primero fue el ya mencionado Augusto Leguía con su tristemente recordado gobierno de once años (el Oncenio de Leguía, 1919-1930), y el segundo, neoliberal, en la figura de Alberto Fujimori con su gobierno de 10 años (el Decenio de Fujimori, 1990-2000). El Aprismo solo nos dio un Presidente, en la figura de Alan García Pérez, recordado trágicamente por su primer desastroso gobierno (1985-1990) que sumió al Perú en una vorágine de hiperinflación, deterioro de la calidad de vida y agotamiento de los proyectos desarrollistas de izquierda en el Perú. Alan solo gobernaría el Perú por una segunda vez (2006-2011), ya tornado en moderado socialdemócrata, elegido como mal menor frente al en ese entonces concebido como radical de izquierda Ollanta Humala, pero que al final, este último también moderaría su discurso a uno más socialdemócrata cuando alcanzó la presidencia en (2011-2016).
Con Alberto Fujimori se produce la recuperación de la economía luego del desastre del primer gobierno de Alan García, el crecimiento económico, y el proceso de pacificación nacional con la derrota de los grupos subversivos y terroristas de izquierda que amenazaban la tranquilidad publica desde los 80s, pero también acontece el viraje neoliberal del sistema político y la institucionalización de la corrupción en las altas esferas del Estado. Las reminiscencias de estas experiencias aún perfilan nuestras opiniones políticas hoy en día.
De todo lo anterior, la corrupción es lo único que se ha mantenido como una constante que hasta el día de hoy sufrimos, y que ha generado que todos los presidentes peruanos desde Fujimori en adelante (Alejandro Toledo, Alan García, Ollanta Humala y Pedro Pablo Kuczynski), hayan pasado prisión en Perú, por su vinculación con el caso de corrupción brasileño de Odebrecht y con las investigaciones de la Operación Lava Jato en 2014.
Y así es como llegamos, a los últimos gobiernos peruanos, desde la crisis política con Pedro Pedro Pablo Kuczynski en 2018 por los escándalos de Odebrecht, ningún presidente peruano ha podido completar el periodo de 5 años, tal fue el caso del sucesor de Kuczynski, Martin Vizcarra; y de Pedro Castillo y su sucesora Dina Boluarte. Luego, el Presidente designado por el Congreso José Jerí fue depuesto a los 130 días de asumir. Actualmente José María Balcazar, también designado por el Congreso, tiene sobre sus hombros el peso de sostener el mandato simplemente hasta la celebración de elecciones generales. Ciertamente la Presidencia de la República, como imagen política, se encuentra seriamente deteriorada. A todo ello se aúna una crisis de inseguridad ciudadana por el aumento de las extorsiones que comenzó en 2021 y que sigue vigente a la fecha.
Dentro de este marco, lo único que sostiene al Perú a nivel institucional, el cual es un parecer que comparte un sector importante de peruanos, es la estabilidad de nuestra moneda (el Sol) y el crecimiento económico sostenido y acumulado durante los 30 años que han seguido a la recuperación que comenzó con Fujimori. Pero ya ese modelo económico que fue establecido con la Constitución de 1993, y sin perjuicio de los avances en la lucha contra la pobreza y la desigualdad, ha probado necesitar de reformas urgentes para hacer que el crecimiento experimentado se transforme en desarrollo social efectivo de los sectores más precarios de la población, o dicho de otro modo, el abandono de la orientación neoliberal que el Fujimorismo imprimió al modelo, para garantizar que el crecimiento no sea únicamente en beneficio de los grandes grupos de poder económico en el Perú, sino también de los pequeños empresarios y trabajadores, así como del aseguramiento de la igualdad de oportunidades a través de la mejora de los servicios públicos que brinda el Estado, cuya situación deficiente es reflejo del impacto de la corrupción, los problemas en la gestión pública, y la necesidad de la mejora de la calidad normativa.
Es precisamente la situación antes señalada, la que genera el quiebre entre las posturas de izquierda y de derecha en el Perú. La derecha quiere mantener la Constitución de 1993 (promulgada durante los primeros años del Decenio de Fujimori), pero no acepta la necesidad de reformas necesarias al capítulo económico. Mientras que la izquierda quiere una nueva Constitución, hacer borrón y cuenta nueva, pero no acepta la necesidad de mantener cuestiones que han probado ser funcionales de esa Constitución, como, precisamente, partes importantes del capítulo económico. Estas contradicciones las vimos en 2006 (cuando se enfrentó Ollanta Humala contra Alan García; y ganó García), en 2011 (cuando se enfrentó Keiko Fujimori contra Ollanta Humala; y ganó Humala) y en las elecciones de 2021 cuando salió elegido Pedro Castillo por el partido de izquierda Perú Libre, derrotando a Keiko Fujimori, que representa al ala dura de la derecha neoliberal (hija de Alberto Fujimori que ha sabido sacar réditos políticos del legado de su padre).
Esto nos muestra el reflejo de las aspiraciones reformistas de la población, y del rechazo al neoliberalismo. Sin embargo, lo cierto es que, las políticas populistas del Fujimorismo también han generado un voto fuerte que se ha mantenido en el tiempo, y Keiko a sabido explotar esta imagen de orden y crecimiento del Fujimorismo primigenio. Por otro lado, la izquierda en el Perú arrastra la mala imagen de sus gestiones en los gobiernos regionales, pero también la deficiente gestión reciente de Castillo, que no estuvo a la altura de las aspiraciones de la población, y tampoco de la demanda de una reforma y modernización de la izquierda al estilo asiático. Y es por ello que, en estas elecciones, la cantidad de ofertas políticas ha sido cuantiosa (35 candidatos), por la fragmentación de las preferencias políticas ante la inexistencia de una opción, sea de izquierda o de derecha, que refleje cabalmente las exigencias, sueños y aspiraciones políticas de los peruanos. Sin perjuicio de ello, los primeros resultados arrojaron una posible segunda vuelta entre dos populismos de derecha, entre Keiko Fujimori y Rafael López Aliaga (autodenominado el Trump peruano); mientras que, al día de hoy, al 99% de actas electorales contabilizadas, los resultados se aproximan a una segunda vuelta entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez (autodenominado heredero político de Castillo). Por lo que todo indicaría que volveríamos, posiblemente, a un escenario similar a las contradicciones de las elecciones de 2021.
Hemos tratado, con las disculpas de antemano, de dar algunos alcances generales sobre el estado del sistema político peruano. El porvenir del mismo aún es buscado por su población, que aún se encuentra a la espera de un liderazgo fuerte y carismático, que augure un nuevo Estado de amplio espíritu reformista con una profunda moralización de las instituciones, basada en valores cristianos y andinos, o lo que es lo mismo, la promesa de la utopía andina, de buscar un Inca.
Fuente (del ruso): https://libertador.ru/k-ponimaniyu-politicheskoj-sistemy-peru-v-svyazi-s-vseobshhimi-vyborami/
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