Retos actuales y posibilidades de la filosofía política peruana o de la filosofía política como pilar fundamental para todo proceso de regeneración nacional peruano
- Israel Lira

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Actualizado: hace 5 días


Por Israel René Lira
Abog. Mg. Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía
En el Perú contemporáneo, la filosofía peruana, particularmente en su rama política, atraviesa una serie de grandes retos, entre la posibilidad de revitalizarse a sí misma desde sus planteamientos teoréticos y sus investigaciones sobre el ser y el deber ser de la política, y por otro lado la de contender los escollos generados por un proceso que llamaremos de licuefacción de la filosofía política aplicada a la realidad peruana, expresado en la banalidad de la política cotidiana, en donde otrora las propuestas políticas tenían un fornido trasfondo metapolítico que daba un contenido fecundo y propicio para una variada y enriquecedora hermeneútica sobre los problemas que subyacen a la realidad peruana, y con ello las soluciones con mirada a largo plazo que pudieran postularse en sintonía con el análisis crítico.
Estas prácticas filosóficas que formaban parte del quehacer partidario en tanto núcleo existencial, principiológico, de todo sistema ideopolítico, subyacen en el deterioro causado o en el peor de los casos, en un olvido conveniente, ante unos partidos que, sin lugar a dudas, se han desvinculado de toda filosofía política, de toda creación metapolítica, y hasta inclusive de toda estética política, esto último solo basta verlo en la pobreza simbólica de consignas y de logos partidarios, esto nos lleva a afirmar que los partidos peruanos hoy en día, han concentrado esfuerzos en trasladar los principios que se aplican a la compra y venta de bienes y servicios, al terreno electoral, mercantilizando así el ejercicio de la política, tornando a los votantes en consumidores y a los políticos en oferentes, empaquetando los programas de gobierno hasta cierto punto prefabricados dentro de los márgenes de una u otra cantera del espectro político, ajenos a las exigencias de libertad con justicia, y de potenciamiento con amplia visión geopolítica.
Hay una clara decadencia de la realización de un ideal de sociedad, en reemplazo por la satisfacción de intereses de grupo o sector, en objetivos cortoplacistas. Cierto es que la solución concreta de problemas apremiantes demanda objetivos claros e inmediatos, pero solo con ello ninguna nación que ahora ocupa un lugar digno en el concierto de potencias, ha logrado el desarrollo de todas sus fuerzas civilizatorias, sino que ello ha venido de la mano de la renovación de sus filosofías políticas nacionales.
El Perú de hoy se encuentra caracterizado, en lo político, por una disrupción entre democracia e institucionalidad. Vivimos en democracia pero esta no refleja estabilidad para una adecuada gestión pública; en lo económico, por una disociación entre crecimiento y desarrollo, gozamos de una estabilidad macroeconómica envidiable en la región pero esto no se ha reflejado en la mejora de los servicios que brinda el Estado para coadyuvar a la mejora de la igualdad de oportunidades; y en lo social, por un quiebre entre la seguridad ciudadana y la paz social, tenemos todas las herramientas del Estado para combatir la criminalidad, pero la corrupción deteriora la efectividad de las políticas orientadas a pacificar el país.
Como se evidencia, hay una apremiante necesidad actual de renovar la política, porque la política es la que orienta la gestión pública, y sin una buena base, el entramado de relaciones entre ideas que sustentan la praxis política, deviene, como de hecho ya lo es, en una mala política, origen de las deficiencias en la gestión pública. Y este renovar la política, no puede ser de otro modo que, desde sus bases fundantes, y estas bases no pueden ser otras que las filosóficas, ya que previo a toda ciencia y a toda teoría, está la filosofía como el pilar fundamental de todo quehacer teórico y científico. Esta demás decir que esta línea de pensamiento difiere razonablemente de la visión que sostiene que es la ciencia la precondición necesaria de toda filosofía, o, dicho de otro modo, que la ciencia sería la madre de la filosofía y no a la inversa, la filosofía como subproducto de la ciencia. Disentimos respetuosamente con dicha idea, para reafirmar el carácter ontogénico de la filosofía respecto de sí misma como respecto de toda sistematización de variedad de conocimientos a posteriori, base de la especialización conceptual que ha dado génesis a tantas ramificaciones del conocimiento humano que ahora gozan de independencia epistémica, y que inclusive esto se extiende al propio quehacer filosófico, y por ello, cada rama de la ciencia, a su vez, tiene su capítulo filosófico. Así tenemos que tanto la teoría como la ciencia política le deben a la filosofía política todos los conceptos que estas usan para sus propuestas explicativas de la fenomenología política en la historia. Y en nuestro país, esto se comprueba fácticamente, desde las ideas de Ricardo Palma, pasando por las de José Carlos Mariategui, Manuel Gonzales Prada y Haya de la Torre, hasta las del mismo Víctor Andrés Belaunde. Por solo citar algunos, de los más insignes representantes del pensamiento filosófico político nacional.
Volver a los clásicos en nuestro caso peruano, podemos interpretarlo como volver a las tradiciones peruanas, es decir, no solamente volver a la lectura de los grandes filósofos de la política peruana, sino también a rescatar, en una clara forma de arqueología social, el legado ancestral que nos es propio. Esto genera necesariamente una metodología ascendente caracterizada por una tricotomía del desarrollo ideopolítico que comienza con la superación, pasa necesariamente por la renovación, y culmina con la refundación.
Superación, de aquellas ideas probadas desfasadas en la praxis social y que pretendían construir nuevas realidades, pero al final terminaron destruyéndolas; Renovación, de aquellos acápites que, por su pretensión de universalidad, gozan de una atemporalidad que aún resuena certezas al referirse a escenarios que aún pueden verse vigentes por causa de reformas fallidas o incompletas; Refundación, como consecuencia de actualizar las ideas a las nuevas exigencias y dinamismos de un mundo que se nos muestra en constante cambio, pero que al final, sigue siendo el mismo en muchos aspectos centrales. Siendo que la desfiguración de valores tan básicos como el orden, la libertad y la justicia, puedan ser la causa de tantas penurias para los pueblos. Y todo esto, como puede claramente inferirse, es labor propia de la filosofía, en lo político y en lo cultural. Que, hecha en el Perú y desde el Perú, siguiendo la lectura crítica que hace Arias-Schreiber de Salazar Bondy, nos lleva a señalar que la sustancialización de la filosofía en sentido universal pasa necesariamente por su realización histórica. Lo universal no existe en sí independientemente de los acontecimientos: existe encarnado en las particularidades históricas. Dicho de otro modo, nosotros diremos que, el pensar para proyectar su destino universal tiene que hacerse desde el contexto de la cultura nacional. En estas líneas, excelsas contribuciones ha hecho el filósofo peruano Gustavo Flores Quelopana en el ámbito de la reivindicación culturológica de la filosofía andina, resaltando su obra Corpus Filosófico Andino. A quien reconocemos como una luminaria del pensamiento peruanista contemporaneo que inspira nuestras investigaciones.
Siendo así que la filosofía política peruana, dentro de la variedad de problemáticas, tiene al menos cuatro que resolver para sentar las bases de todo proceso de regeneración de la política nacional. A saber, el problema de la ideología; el problema de la teoría política; el problema de la democracia; y el problema de la corrupción.
Sobre el primer problema, producto de los procesos de desideologización que caracterizaron a la sociedad política peruana de los 90´s en adelante, se produjo la asociación de ideología como única y exclusiva expresión de una conciencia falsa de la realidad, y se obvio el hecho de que una ideología, si se apoya en fuentes históricas, filosóficas y científicas, puede generar mayor predictibilidad a sus objetivos programáticos y constituirse por ello, en una conciencia verdadera de la realidad que viene a representar. Algo sobre ello podemos encontrar reminiscencias en la diferencia que hacía Francisco Miro Quesada Cantuarías entre ideologías epistémicas y estimativas. Los procesos de desideologización, por ello, solo significaron el reemplazo de una ideología por otra. Es menester por esto, que la filosofía política peruana cumpla con revalorar la función social de la ideología, que no es otra que la de brindar una idea directriz a las políticas de Estado, necesaria para garantizar la continuidad y la coherencia de la gestión pública. Algunos lineamientos sobre el particular hemos brindado en nuestro ensayo corto Teoría Pura de la Ideología. Hoy el Perú como República no tiene ideología de Estado, es un Estado acéfalo ideológicamente hablando, signado por la inestabilidad política. Y por ello el vacío es ocupado por intereses que, sí tienen una marcada orientación ideológica, en los grupos de presión y sectores económicos, que se niegan a abandonar la visión neoliberal de la política y la economía. Abandono imperativo que se hace necesario para dar ese gran salto adelante a nuevos horizontes metapolíticos y socioeconómicos que caractericen al Perú del Siglo XXI, con bienestar para todos, cumpliendo así los preceptos más básicos de la Doctrina Social de la Iglesia, invocada por muchos que se autodenominan políticos cristianos, pero que, al momento de ejercer una política guiada por dichos valores, traicionan los mismos al continuar replicando la narrativa neoliberal que es antitética a toda visión socialcristiana de la política y la economía.
En torno al segundo problema, está en el hecho que las teorías políticas de la modernidad peruana, como lo fueron el civilismo y el liberalismo como primera teoría política, el socialismo y el aprismo como segunda teoría política, y el mismo urrismo como tercera teoría política, desde la predica de sus fundadores históricos (Con excepción de la propuesta de Rafael Zevallos Bueno, intitulada, Del antiimperialismo al poscapitalismo y el APRA, que se constituye en un interesante esfuerzo por renovar el pensamiento aprista primigenio), se han ido desfasando, es necesario por ello, un nuevo análisis que interprete la realidad peruana, que actualice marcos hermenéuticos, que analice críticamente los avances, pero también los errores de estas teorías políticas peruanas en responder a las apremiantes necesidades de la población, tanto en lo material como en lo trascendental. Sobre este particular, en algo hemos reflexionado en nuestra obra Tres Ensayos Crisolistas, sobre la posibilidad de hablar de una cuarta teoría política peruana, con base en aquella metodología de la que hicimos mención líneas arriba: superar, renovar y refundar, pero rescatando, no como borrón y cuenta nueva. Sino un tomar conciencia del legado histórico de los padres fundadores de la filosofía política nacional, homologando esto con el pensamiento andino y socialcristiano que les trasciende. El Perú como crisol vivo de pensamientos, culturas, etnias, cosmovisiones, filosofías y visiones del desarrollo. He ahí el nombre de crisolismo como la nueva ideología de Estado que se propone para el Perú.
En torno al problema de la democracia y la corrupción. Hay una disrupción entre democracia y Estado Social de Derecho, y un fracaso de las políticas anti-corrupción y la normalización de la misma en el ethos político cotidiano. Ante esto, la filosofía política y así también la filosofía del derecho, deben responder, restituyendo la democracia en su ontología fundamental, señalando que democracia no es más sino mejores partidos, reemplazando así la visión cuantitativa de la democracia por una cualitativa, y proponiendo una revolución moral de las conciencias.
En ese sentido, buenas instituciones y arquitectura jurídica benefician a la calidad de la democracia como calidad de resultados, efectividad de la democracia en materia de gobierno, y al grado de satisfacción que tienen los ciudadanos respecto del sistema político, económico y social. Porque cuando una democracia falla a su población en términos de resultados, en generar valor público y satisfacción ciudadana, es cuando se comienzan a gestar soluciones al margen de la democracia, históricamente consabidas. Nuestra tesis sobre derecho constitucional económico y filosofía social que se caracterizó por efectuar un análisis crítico del capítulo económico de la Constitución vigente desde la teoría fundamental de la economía social de mercado, brindó algunas ideas sobre las necesarias reformas que coadyuvaran a restituir la identidad entre democracia económica y Estado social. Asimismo, nuestra tesis sobre gestión por resultados en el desarrollo, brindó ideas sobre cómo, la planificación del desarrollo desde el Estado contrario a la idea de la desregulación, ha sido central en todos los procesos de desarrollo de potencias emergentes, de la mano de una moralización de la función pública.
Terminando la presente, solo queda decir que la filosofía política es también el espacio que nos ayuda a definir los principios que nos serán útiles para el renacimiento futuro de nuestra sociedad política, y en un ejercicio de este tipo, podemos adelantar que, como parte de nuestras investigaciones, algunos de estos principios que informan nuestra teoría filosófico política en constante desarrollo, en sus aspectos, ontológicos, ideológicos, axiológicos, estéticos y éticos, respectivamente, son los que nos dicen que, toda nación tiene un Ser genuino, y toda la dinámica del desarrollo nacional debe estar destinada al engrandecimiento legítimo de este ser genuino. De que, la ideología debe estar al servicio del interés nacional para ser conciencia verdadera de la realidad social, política y económica que pretende mejorar. De que, las tareas de rejuvenecimiento de la nacionalidad solo pueden comenzar con un cambio de mentalidad que, a su vez, siempre da inicio en el terreno de la cultura y de las ideas, con la formación de conciencia cívico-patriótica, en el estudio y la investigación. De que, la política auténtica y al servicio del pueblo no solo es ética, sino también estética, porque a través de la estética política se expresa simbólicamente todo lo que representa un ideal coherente y sincero. Y finalmente, de que, así como la moral es la regla de conducta, expresada está en el terreno del patriotismo, se torna en moral patriótica. En el amor a la patria, la valoración sana de nuestra cultura, el cultivo constante de la hermandad entre peruanos, y principalmente, de que toda función pública es un servicio a una causa mayor. Sin revolución moral, de nuestras conciencias y de nuestra cultura política, no puede haber renacimiento nacional alguno. Que la revitalización de nuestra filosofía política peruana, sea la base para el engrandecimiento futuro del Perú.
Muchas gracias,
Vitam impedere vero
N.NC SC.O TEN.BR LUX
S.L.L
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